Presentación

Una vez terminado el primer encuentro de Disoñadores, en 1996, nos dimos a la tarea de mantener vivos los lazos de amistad y de complicidad que se tejieron entre quienes habíamos asistido a esa cita en el Sur. La inmensa alegría de aquellos días nos retaba a nuevos encuentros. Amigos ahora de un proyecto sin nombre, volvimos a los lugares en donde los sueños se hacen vida. Esta dispersión se convirtió en un nuevo llamado y, como atraídos otra vez por el aire helado de La Cocha, en mayo de 1998 retornamos a los páramos más bajos del mundo.

Nuevos y viejos compañeros llegaron para darle paso a la imaginación y a las ideas. Los recuerdos y las evidencias se batieron aquel día. Volvieron desde Cali los Molina, los Murgueitio, los Zangen y los Naranjo y, a cada nuevo abrazo entre viejos amigos, las cabezas se alzaban buscando otros ojos que cada uno extrañaba. De Palmira los poetas con la sonrisa que sólo saben escribir los rostros de los poetas; de Anzá, Urabá, Manizales y Medellín los susurros y las recias voces de los paisas se juntaron inconfundibles a la hora del censo. De la Sierra Nevada y de los Andes peruanos, rostros cobrizos y cabelleras negras presentaron sus nombres ahora por siempre disoñadores: Leonor y Grimaldo. Ellos vinieron desde lo más alto de nuestras montañas.

Un tropel de recuerdos cabalgó por las salas. Juan, Gonzalo, Sonia y Arturo despejaban las dudas de los recién llegados, y Eduardo estrellaba las manos y levantaba un brindis para librar otro poco de su humor uruguayo. Luego, con un canto de nostalgia, se tradujeron las primeras lágrimas de Edvalda que dejaba rodar por sus ojos un poco del agua que le hace falta al nordeste de su tierra brasileña.

Llegaron en su lancha travesando las olas de La Cocha, Conchita, Jaime, Efrén, Ignacio, Gloria, Eusberto, Cecilia y todos los campesinos de este retazo de vida; ellos nos brindaron sus casas, su alegría, su sabiduría. Manfred aterrizó de repente como traído por el poderoso Thor de Escandinava y, a su lado, dulce, con el sabor de chile, Gaby descubrió esta cofradía alborotada.

Diana con la historia en su palabra pareció contagiada entre las risas de Marco Raúl y los laberintos de Gustavo, mientras clota con su humor del Pacífico puso siempre la nota de ingenio. Así se sucedieron los encuentros. Pero un vacío derrotaba la búsqueda: Mario ya no sería el primero en hablar, ni el primero en reír. Su muerte nos dejó solos. Estábamos juntos y solos. Ese asesinato contra Mario, Elsa, y Carlos nos retornaba al país que nos convocaba, no contestaba la importancia de la cita, nos apuraba para poner manos a la obra.

La tarea resultó ardua y a la vez disfrutaba. El tema central de esta convocatoria fue poner los pies sobre la tierra y a ello nos dispusimos con entrega de amantes. Escuchamos las experiencias más conmovedoras y los análisis más desgarradores: a la par vida y muerte nos mostraban la esperanza y nos retornaban a la sangre que con tanta profusión mana este pedazo del mundo.

Manuel Serna nos habló de un Santander nuevo en la vereda que ganó la paz y que perdió la guerra. Carlos, a nombre del pueblo Paez y sus cinco siglos de lucha y dignidad, nos demostró que quien no pierde la memoria, no pierde el futuro. Alfredo nos recordó de quien es el negocio de la guerra y hacia donde apuntan los fusiles cuando se habla de paz.

La mezcla de la práctica con la teoría, de la juventud con la experiencia y de los profesionales con quienes acumulan conocimiento a partir de su vida cotidiana, nos fue trazando un camino difícil pero necesariamente transitable: lo que hay en estas páginas es una hoja de ruta por donde los múltiples caminos conducen al respeto como base de la tolerancia y a la magia de la diferencia para darle color a los días.

Las charlas que aquí se recogen son, en algunos casos, la transcripción de las intervenciones y, en otros, los textos que fueron preparados en esa oportunidad. Nadie saldrá de esta lectura sin haber dado un paso ya en el tercer milenio y sin hacer que sus ojos penetren en lo que merecen ver las próximas generaciones.

Mauricio Beltrán Quintero